Un impostor en el Evangelio
LA NACION LINE
Domingo, 15 de agosto de 2004
Suplemento Cultura
Reseña de María Rosa Lojo para La Nación
MARÍA MAGDALENA CONDENADA
Como Saramago, Mazora escribe su evangelio personal y disidente, en el que hay dos Jesús. Uno es el maestro del amor y el hermano de todos, el que viene a completar con la nueva ley del perdón y la universal misericordia la antigua ley mosaica. Es el que llega para traer al mundo inmediato la edad soñada por Isaías, en la que convivan el león y el cordero. No será el "reino" de Dios, porque su Dios no es Rey ni Señor sino Padre; será la morada de todas las criaturas, ninguna de las cuales dominará sobre las otras. Este Jesús anuncia el fin de los sacrificios que no complacen a Dios Padre, proclama la absoluta sacralidad de la vida en todas sus formas, la ética del desprendimiento, la desmesura de la belleza.
Pero después de la Crucifixión, el que resucita es otro: un impostor que asume su cuerpo y su aspecto, no ya su mensaje. Al lado del perdón, repondrá la posibilidad de la condena. Sus milagros y los de sus discípulos no serán puras obras de amor sino demostraciones de poderío; su objetivo no consistirá en la felicidad de los seres humanos sino en la perpetua glorificación divina a costa de la servidumbre y el temor de los hombres. Es éste el Jesús que se impone en la historia del cristianismo y que responde a la dura ley de una Naturaleza regida por las relaciones de poder y la inmolación del débil y el inocente.
Sin embargo, el antiguo Jesús (el verdadero) ha dejado una discípula insobornable: la mujer a la que ha amado y que lo amó por sobre todo, la que renunció a su vida de prostituta y logró perdonarse a sí misma: María de Magdalena. Ni esta María ni la otra, su madre, creen en la autenticidad del retornado. Magdalena persistirá hasta el fin en la lucha contra ese Dios que ha concebido un mundo gobernado por la crueldad y que ha sido capaz de permitir (o digitar) la tortura y la muerte de la más perfecta de sus criaturas. La elección de Magdalena es condenarse frente a ese Señor, por amor a los humanos. Tal vez ésa, señala el Epílogo en una insólita vuelta de tuerca, haya sido la más secreta astucia de un Dios que se arrepiente del orden de su creación: quizá, "el séptimo día, una vez concluida la obra, entrando en su corazón se haya hecho una promesa. Quien quiera salvar su alma la perderá, quien se condene por amor a los suyos, ése vendrá conmigo".
La inteligente estructura, las sorpresas que guardan los más conocidos personajes -José, María, Isabel, Juan el Bautista y, sobre todo, su inolvidable María Magdalena- son seductoras innovaciones de un texto tramado con tanta sensibilidad como implacable lucidez. Hasta cierto punto su visión confluye con la del filósofo contemporáneo René Girard, que se ha opuesto tenazmente a la lectura sacrificial del Evangelio. Debido a esa "lectura errónea", pensar la muerte de Cristo como obra querida por un Dios atroz, dice Girard, la cristiandad ha seguido siendo, como todas las demás, una cultura basada en la piedra central del sacrificio. Esto ha impedido abrir los ojos a la inmensa novedad de la "buena nueva": mostrar que la violencia no es querida por Dios, sino sólo fruto de los hombres, necesitados de un "chivo expiatorio" para enmascarar sus feroces discordias y sostener, sobre esa inmolación, el orden social: "Es preciso que ‘muera´ efectivamente esa divinidad sacrificial y con ella el cristianismo histórico en su conjunto, para que el texto evangélico pueda resurgir a nuestros ojos [...] como la cosa más nueva, más hermosa, la más viva y verdadera que jamás habíamos contemplado". La conmovedora invención de Martín Mazora provoca, sin duda, ese renovado deslumbramiento.
María Rosa Lojo
LA NACION
Domingo, 15 de agosto de 2004
Suplemento Cultura
Reseña de María Rosa Lojo para La Nación
MARÍA MAGDALENA CONDENADA
de Martín Mazora - Editorial Simurg - 308 páginas - ($25)
"¿Cómo entender que una entera civilización haya aceptado la imagen del hijo crucificado, resignándose a la idea del abandono paterno, y que incluso haya sublimado semejante desamparo haciendo de la cruz el emblema del amor divino?" Esta pregunta es el eje de María Magdalena condenada, novela que conjuga la intensa interrogación filosófica con la vibración religiosa y un lenguaje de lirismo cautivador. Resulta inexcusable la referencia a El Evangelio según Jesucristo, de José Saramago, tanto por afinidades en la tesis del libro, como por los ritmos de la escritura y la construcción de algunos personajes, en especial, el de María Magdalena y su vínculo con Jesús. Por lo demás, la bella obra de Mazora (argentino, profesor universitario de Filosofía) tiene, decididamente, su propio peso.
"¿Cómo entender que una entera civilización haya aceptado la imagen del hijo crucificado, resignándose a la idea del abandono paterno, y que incluso haya sublimado semejante desamparo haciendo de la cruz el emblema del amor divino?" Esta pregunta es el eje de María Magdalena condenada, novela que conjuga la intensa interrogación filosófica con la vibración religiosa y un lenguaje de lirismo cautivador. Resulta inexcusable la referencia a El Evangelio según Jesucristo, de José Saramago, tanto por afinidades en la tesis del libro, como por los ritmos de la escritura y la construcción de algunos personajes, en especial, el de María Magdalena y su vínculo con Jesús. Por lo demás, la bella obra de Mazora (argentino, profesor universitario de Filosofía) tiene, decididamente, su propio peso.
Como Saramago, Mazora escribe su evangelio personal y disidente, en el que hay dos Jesús. Uno es el maestro del amor y el hermano de todos, el que viene a completar con la nueva ley del perdón y la universal misericordia la antigua ley mosaica. Es el que llega para traer al mundo inmediato la edad soñada por Isaías, en la que convivan el león y el cordero. No será el "reino" de Dios, porque su Dios no es Rey ni Señor sino Padre; será la morada de todas las criaturas, ninguna de las cuales dominará sobre las otras. Este Jesús anuncia el fin de los sacrificios que no complacen a Dios Padre, proclama la absoluta sacralidad de la vida en todas sus formas, la ética del desprendimiento, la desmesura de la belleza.
Pero después de la Crucifixión, el que resucita es otro: un impostor que asume su cuerpo y su aspecto, no ya su mensaje. Al lado del perdón, repondrá la posibilidad de la condena. Sus milagros y los de sus discípulos no serán puras obras de amor sino demostraciones de poderío; su objetivo no consistirá en la felicidad de los seres humanos sino en la perpetua glorificación divina a costa de la servidumbre y el temor de los hombres. Es éste el Jesús que se impone en la historia del cristianismo y que responde a la dura ley de una Naturaleza regida por las relaciones de poder y la inmolación del débil y el inocente.
Sin embargo, el antiguo Jesús (el verdadero) ha dejado una discípula insobornable: la mujer a la que ha amado y que lo amó por sobre todo, la que renunció a su vida de prostituta y logró perdonarse a sí misma: María de Magdalena. Ni esta María ni la otra, su madre, creen en la autenticidad del retornado. Magdalena persistirá hasta el fin en la lucha contra ese Dios que ha concebido un mundo gobernado por la crueldad y que ha sido capaz de permitir (o digitar) la tortura y la muerte de la más perfecta de sus criaturas. La elección de Magdalena es condenarse frente a ese Señor, por amor a los humanos. Tal vez ésa, señala el Epílogo en una insólita vuelta de tuerca, haya sido la más secreta astucia de un Dios que se arrepiente del orden de su creación: quizá, "el séptimo día, una vez concluida la obra, entrando en su corazón se haya hecho una promesa. Quien quiera salvar su alma la perderá, quien se condene por amor a los suyos, ése vendrá conmigo".
La inteligente estructura, las sorpresas que guardan los más conocidos personajes -José, María, Isabel, Juan el Bautista y, sobre todo, su inolvidable María Magdalena- son seductoras innovaciones de un texto tramado con tanta sensibilidad como implacable lucidez. Hasta cierto punto su visión confluye con la del filósofo contemporáneo René Girard, que se ha opuesto tenazmente a la lectura sacrificial del Evangelio. Debido a esa "lectura errónea", pensar la muerte de Cristo como obra querida por un Dios atroz, dice Girard, la cristiandad ha seguido siendo, como todas las demás, una cultura basada en la piedra central del sacrificio. Esto ha impedido abrir los ojos a la inmensa novedad de la "buena nueva": mostrar que la violencia no es querida por Dios, sino sólo fruto de los hombres, necesitados de un "chivo expiatorio" para enmascarar sus feroces discordias y sostener, sobre esa inmolación, el orden social: "Es preciso que ‘muera´ efectivamente esa divinidad sacrificial y con ella el cristianismo histórico en su conjunto, para que el texto evangélico pueda resurgir a nuestros ojos [...] como la cosa más nueva, más hermosa, la más viva y verdadera que jamás habíamos contemplado". La conmovedora invención de Martín Mazora provoca, sin duda, ese renovado deslumbramiento.
María Rosa Lojo
LA NACION
